miércoles, 30 de noviembre de 2011

Marilyn


 
En cuerpo ajeno
Siempre he sido muy vanidosa, creo que ese es mi pecado, pero también mi gran virtud. Me encanta  reinventarme constantemente, jugar con el maquillaje, con los cortes de cabello, los rizos, los enjuagues y las tinturas; adoro los zapatos, los vestidos, los trajes informales y de sastre, las blusas, las sandalias, los accesorios; doy mi vida por la ropa interior de marca. Sí, soy una apasionada por la moda; entre todas las personas, me destaco por mi buen gusto y talento en cuestiones de alta costura. Mi pasión comenzó cuando apenas tenía 12 años y aprovechaba que mi mamá  salía para el trabajo para probarme su ropa y usar su maquillaje: comenzaba por probarme sus “brasieres” y, como mi pecho era plano, tenía que llenar las generosas  copas que entallaban perfectamente en ella, con cuanto trapo encontraba. Pasaba largas horas frente al espejo ensayando miradas y gestos de gran coquetería, dominé rápidamente el arte de caminar en tacones  altos, ninguna modelo de pasarela camina con tanto garbo y sensualidad como yo. En mi soledad,  soñaba con ser una rutilante  estrella de cine,  así que tomé mi nombre de ese icono, de esa rubia de curvas generosas que conquistó  al gran beisbolista, al dramaturgo y a los dos hermanos, con sólo contonearse y parpadear, esa diva por la que se derriten hoy, después de más de 50 años de su desaparición, hombres y mujeres en todos los rincones del mundo. ¿Qué  hombre puede resistirse a los caprichos de una hembra conocedora del poder del sexo y bien dotada por la naturaleza?
Mi vida cambió una tarde de febrero cuando Henry, el compañero sentimental, de turno, de  mi mamá, llegó a casa más temprano que de costumbre. Por hallarme ocupada en los oficios de la cosmética, sólo me di cuenta de su presencia  cuando ya era demasiado tarde,  y él había ya abierto la puerta del cuarto que compartían. Hasta ese momento él y yo habíamos cohabitado sin cruzarnos uno en  el camino del otro, casi nunca nos dirigíamos la palabra, él nunca había intentado convertirse en mi padre y yo no necesitaba ni quería uno. Él era el hombre de mi mamá, tenía quince años menos que ella; al contrario de los otros, no le pegaba, ni le robaba. Se habían conocido en un bar de Palacé donde mi  mamá vendía chance y él trabajaba como vendedor de mostrador de una peletería; a ambos  les gustaba el aguardiente y bailar salsa brava: hay que reconocer que hacían ambas cosas muy bien.
Para mi sorpresa, Henry no me gritó, no me maltrató, ni hizo nada que me hiciera sentir mal, no le dijo nada a mi mamá, sólo me miro con ternura y algo de morbo, no pronunció una palabra, ni intentó retenerme cuando salí corriendo hacia mí  cuarto; más tarde, aproveché que él había ido a la tienda a comprar cigarrillos, para organizar la habitación  y poner cada cosa en su lugar.
Tuve mucho miedo de que le contara a mi mamá lo ocurrido, pero esto no sucedió. Dejé de ponerme la ropa de ella por un tiempo y actué con naturalidad, comíamos en silencio; pero cuando mi madre nos daba la espalda para  lavar los platos, Henry me miraba como lo había hecho aquella tarde, comenzó a llegar a casa más temprano, me traía frutas y dulces, como  un gato, me acechaba en silencio. Un día cuando yo  cruzaba  del patio hacía la cocina saltó hacía mí como un felino, me tomó entre sus brazos y me besó. Fue mi primer beso. Sentí su olor a cuero y a pegante, sus manos ásperas recorrieron mi cuerpo, intenté evitarlo pero no pude: algo superior a mi voluntad me lo impedía. Me hizo toda suya, fue tan tierno conmigo que a pesar de ser virgen no sentí dolor alguno.
 Nos volvimos amantes; de él, aprendí lo dulce del amor. Nos amábamos con una pasión desmesurada: desde que pasaba el umbral  me tomaba  y yo me arrojaba en sus brazos, embriagada de pasión. Mi mamá comenzó a sospechar algo: él le sacaba disculpas para no esperarla a que liquidara las apuestas; además, el fuego que a mí me brindaba, se lo escamoteaba a ella, no existe nadie más sagaz que una mujer  celosa  y ella comenzó a buscarle la caída: “vos tenés moza, pero donde yo  los pille, les va a ir mal, muy mal, a vos te capo por perro y a ella la mato por zorra”, solía decirle. Finalmente, comenzó a desconfiar de mí, me echaba puyas y me ultrajaba a cada instante: “yo sé muy bien quien sos, mosca muerta, nunca debí haberte tenido, debiste haberte muerto al nacer, te lo advierto, te estás metiendo con lo mío y eso no te lo permito”. Una noche  borracha me dio tremenda paliza y me echó de la casa. Salí de allí solamente con lo que tenía puesto y la cara convertida en una llaga. Caía tremendo aguacero.
Mi vida en la calle fue lo peor: tuve que mendigar y buscar en la basura para poder comer, supe lo que es tener el frío y como quema la sed, conocí la violencia de  la policía cuando te  levanta a patadas sin tú haber hecho nada para merecerlo; es por esto que siempre ayudo al necesitado. Un día cuando estaba sentada en las escalas de la Metropolitana, un viejo me ofreció plata por dejarme manosear y hacerme sexo oral. Fue así como comencé a ofrecer mis servicios en el Parque Bolívar; en ese tiempo,  ni me imaginaba que las calles tienen dueño. Una noche llegaron la Costeña y la Tata; me preguntaron  que si era ciega o tonta, que si no sabía que para trabajar allí había que pagarles impuesto; me amenazaron con una navaja automática: esa vez me la perdonaron pero volvieron más tarde por su porcentaje.
Un sábado por la tarde, me topé con mi mamá que estaba comprando en una de las pescaderías de la calle Perú, al  frente de donde  quedaba el teatro Libia. Me miró con odio, escupió mi rostro con furia  y me maldijo con las más horribles  palabras; huí de aquel lugar llorando, humillada. No puedo entender cómo se puede odiar a un hijo, yo daría lo que fuera por tener uno y lo amaría más que a mi vida. 
Comencé a conocer el medio e hice algunas amigas. Renté un apartamento con  Shirley y Tiffanny, allí atendíamos a nuestros clientes. Cuando un hombre es atractivo, huele bien y se comporta como un caballero, me esfuerzo por satisfacer todos sus deseos, es por esto que la mayoría de los que han compartido conmigo vuelven a buscarme y me va bien en este negocio; además, no me han gustado los efectos de la yerba, ni la perica, por eso no las consumo y me queda algo para ahorrar.
La Chama, una veterana de la calle, me invitó a trabajar con su selecto grupo. “Mi grupo es de niñas bien, no nos mantenemos trabadas ni sacoliadas como el resto, somos apetecidas porque somos bonitas y muy limpias, no robamos a nuestros clientes, cobramos más porque tenemos garbo y no hacemos escándalos, nadie se mete con nosotras porque tenemos quien nos respalde”; así solía hablarnos. El 50 por ciento con el que ella se quedaba era muy bien ganado: ella sabe relacionarse, tiene clientes importantes, comerciantes, traquetos, políticos, religiosos, muchos policías y militares.
Me ha ido bien. He ahorrado para operarme el busto y el derrier, pagar por un diseño de sonrisa y un buen estudio fotográfico, tengo clientes que me llaman al celular, me tratan con respeto,  pagan mi tarifa y me dejan buenas propinas, ya no trabajo en la calle, ahora atiendo en moteles o a domicilio, soy una “escort” de alto nivel que ofrece sus servicios en la web.
De Henry, sé que se separó de mi mamá después de que ella lo agrediera con una navaja mientras dormía; al amor de mi vida, a Germán, mi mechudo lindo, me lo mataron en la Estrella, en un enfrentamiento entre su combo y la policía. Me han roto el corazón varias veces, cuando me he enamorado me han dejado deshecha, sin plata y me ha tocado comenzar muchas veces desde cero, es por eso que ya no me enamoro, ni creo en los hombres. Tengo muy en claro que no voy a ser joven ni bonita por siempre, que por eso  tengo que ahorrar para poder montar mi motel o mi spa o, por lo menos, un salón de belleza. Porque en este trabajo no hay pensiones ni seguridad social y porque en este mundo  no existe nadie tan triste y solo como una marica vieja y pobre.


Chica


Trece años en la selva
Hace poco vi tu foto en el periódico y recordé que siempre quisiste ser famoso y que la gente te reconociera.  Recordé aquellos años en los que estudiamos juntos en el INEM de las Vegas, cuando para nosotros la vida era un juego y nuestras mayores preocupaciones eran ganarle un examen a ese profe que llamábamos el calvo Jara, que nos mortificaba con sus clases de álgebra, que nadie entendía, salvo vos que eras el diablo de los números. Me acuerdo que te iba muy bien en esa materia y el profe te ponía como  ejemplo de constancia, disciplina y aptitud matemática, mientras que a nosotros nos trataba con ironías y nos decía burros de forma disimulada. Te mantenías con el álgebra de Baldor debajo del brazo, igualitico que una evangélica con su biblia. En lo que te iba muy mal era en español, con esa profe lindísima que teníamos y que todos mirábamos con coquetería, pero que era una cuchilla a la hora de calificar. Nunca pudiste con los análisis que teníamos que escribir sobre la genealogía de los Buendía y me acuerdo muy bien que me pagaste unos buenos pesos para que te hiciera los trabajos sobre Pedro Páramo y Crónica de una Muerte Anunciada.
¿Te acuerdas que nuestra llegada a grado Once nos transformó por completo?, nos sentíamos adultos, grandes, sin la obligación de rendirle cuentas a nadie, el colegio era nuestro, todos nos conocían y nosotros conocíamos todos los trucos, las formas más exquisitas de “pasteliar” en los exámenes, el viejo truco de las preguntas constantes a William, el profesor de filosofía, para que comenzara a divagar y se le olvidara que teníamos evaluación, nuestra amistad con los porteros y vigilantes que nos dejaban entrar cigarrillos o una botella de ron mezclada con gaseosa camuflada en un termo  para  así, poder tomárnosla   los viernes en clase de artes y poder dibujar en el delicioso estado de la media caña, la forma de hacernos cuarto en todo, la ley del silencio que habíamos acordado y su consecuente repudio por los sapos. Sí, ser los grandes del colegio nos daba muchas  posibilidades y esto incluía  también a  las chicas de grados inferiores que nos aceptaban los galanteos y salían con nosotros, muchas veces escapándose de clases. La suerte estaba de nuestro lado  y eso se reflejaba en esa belleza de horario que teníamos  los viernes: Educación Física, Dibujo técnico y artes, siempre podíamos salir más temprano para irnos a deambular por los parques del Poblado, en los que nos embriagábamos con el famoso vino “Tres Patadas”  y con  dulces besos.
Tenías muy mal temperamento y te enojabas por cualquier pendejada, como esa vez que se la montaste a Balú porque no quiso cambiar un casete de Black Sabbath para vos poner uno de ese chuco-chuco que tanto te gustaba; terminaste estrellando la pobre grabadora contra el piso y te agarraste a los golpes con Barrada; como si fuera poco, tu escandalo terminó por dañarme el parche con Eliana, esa niña de ojos grandes y verdes donde yo estaba loco por sumergirme;  claro, los vecinos llamaron a la policía y ésta apareció como por arte de magia, nos la montaron por ser de “ese colegio de revolucionarios”, nos dieron tremenda raqueta y nos montaron a la patrulla; allí les dio un ataque de histeria a Eliana y a Olguita, iban a llamarles a los papás, o se iban a aprovechar de nosotros y a maltratarnos en la inspección, mínimo cascada y bañada con manguera. Por fortuna, Guzmán pudo hablar con el comandante de guardia y logró transar con él, nos dejaron sin un peso y de encima tuvimos que lavarles esas porquerías de baños de la estación; desde ese día, nos cayeron mal los tombos y vos comenzaste a caernos gordo.
Después de eso, dejaste de ser nuestro amigo, te volviste muy lambón con los profesores, especialmente con esa cucha amargada, Yolanda, la de química y con el que tenía la cabeza como un “aterrizadero” para moscas: “Profe, ¿no va a revisar la tarea?”, “profe, acuérdese que el trabajo es para hoy”, en vez de solucionar las cosas, las embarrabas cada día más y eso te trajo problemas con el Negro y con Rojas. Por supuesto que no te daba miedo y te agarrabas a los golpes con el que fuera, como tú mismo decías, eras  “pa´ las que fuera”.
Poco nos sorprendió cuando en una charla de exploración vocacional, con Beatriz, la directora de grupo, vos dijeras que querías llegar a ser algo diferente al resto, no abogado, ni médico, tampoco ingeniero o comunicador, vos querías ser oficial del ejército de Colombia; recuerdo muy bien que agregaste: “a este país lo que le falta es orden”. No faltó el que dijera que ese uniforme verde te quedaría muy bien y que haría  juego con el batracio que siempre habías llevado por dentro; como siempre, hubo que agarrarte para que no le pegaras a nadie.
Una tarde de mayo, me  encontré, por casualidad, con tu hermano Eduardo, quien estudió conmigo en  la facultad de educación y, como yo, es profesor; entramos a un bar de Itagüí, nos tomamos varias cervezas, me contó que te estaba yendo bien en el ejército, que habías hecho el curso de oficial, que estabas ascendiendo rápidamente, que te habían asignado a un escuadrón de antinarcóticos en un sitio llamado Miraflores, por allá en el Guaviare. Me comentó que eso era lo que te gustaba, ser trasladado constantemente, vivir lejos de la familia y en un ambiente donde todo esté sincronizado como un mecanismo de relojería; nos despedimos sin más.
Volví a verte pocos días después de haber charlado con tu hermano; esta vez, en televisión: fue en agosto de 1998, no estabas en un programa de concurso ni siendo condecorado por el presidente; la población, en la que te hallabas acuartelado, fue atacada por las FARC; el asedio duró dos días, las noticias dijeron que la guerrilla movilizó más de mil efectivos contra los 150  policías y soldados que allí se encontraban, que desplegaron todo su poder de fuego, que ustedes se defendieron feroz y valientemente hasta que se les acabaron las municiones, que el apoyo aéreo nunca llegó, que nueve uniformados murieron y que otros 22 se hallaban desaparecidos: entre ellos, vos.
Durante los últimos 13 años, he visto tu foto innumerable veces en los  periódicos, en la televisión y en internet: te ves cansado, demacrado y tu mirada revela una honda tristeza. Te han robado la vida; como a una fiera terrible, te han encerrado detrás de una alambrada y te han  puesto cadenas en el cuello y los tobillos, te han obligado a interminables marchas en una selva donde siempre llueve y los insectos te devoran; han apresado tus sueños, te quitaron la alegría de jugar con tus hijos y de verlos  crecer; tu madre partió y no  pudiste darle un último adiós.
Esos que te apresan, los que se autodenominan “ejercito del pueblo”, también dicen como tú: que aman a nuestro país y a su gente y por eso luchan por la libertad. Han amagado innumerables veces con liberarte, pero se arrepienten a última hora, argumentando que no existen las garantías; sólo eres un comodín que un bando usa cuando quieren hablar de acuerdo humanitario y que el otro esgrime para justificar su lucha contra el terrorismo, tu problema radica en que  no tienes dinero, ni eres un político importante con amigos importantes, ni tienes tan siquiera un pasaporte que diga que eres ciudadano extranjero. Tu problema consiste en que  no eres nadie, por eso  sólo le importas a un muy selecto  grupo: a los tuyos.






Garrincha




El sueño del pibe
Desde muy pequeño mostró una pasión desenfrenada por el fútbol. Recuerdo muy bien que todos en la cuadra se burlaban de él por feo, le hacían bromas pesadas y le ponían apodos crueles, debido a sus dientes y  pies torcidos, pero eso sí, a la hora de picar los partidos, aquellos que hacían de capitanes y escogían jugadores, se peleaban porque él quedara en sus equipos. Ahí sí lo llamaban por su nombre y  lo invitaban a tomar algo. Hasta ese momento, les desagradaba su aliento de cebolla cruda, su piel  oscura y su condición de  pobre. Porque cuando se trataba de jugar al fútbol, todos lo querían. Hay que reconocerlo: Garrincha era  un crack. Había que verlo jugar: cuando tomaba el balón, éste parecía obedecerle, es más,  lo atraía como un imán atrae un trozo de metal y hacía con él lo que le daba la soberana  gana. Gambeteaba  contrarios como tomando agua,  le ponía efectos mágicos al balón, descaderaba defensas, humillaba  a los que pretendían marcarlo con un repertorio de túneles, sombreritos, taquitos y bicicletas; sobra decir que era el terror de los arqueros.
Si alguien tenía una vida especialmente difícil en el barrio, era Garrincha. Su papá era un zapatero alcohólico que agredía a su familia cada vez que llegaba borracho, su mamá no sabía ni escribir; de tanto recibir palizas de su marido, se volvió amargada y descuidada, no le importaba que su casa se estuviera cayendo del mugre, ni que a sus hijos los devolvieran de la escuela por estar completamente infestados de piojos. Comenzó a faltar a clases y se desapareció de la cuadra, un día que su papá, borracho, le pegó varios planazos con un machete. Dijeron que se fue a vivir con unos primos, sólo volvió para el  entierro del zapatero, cuando éste murió al caer de un bus que viajaba con sobrecupo.
Desde su regreso, todo mundo notó que había cambiado: fumaba cigarrillo y marihuana, bebía de todo, ya no se dejaba “batanear”; es más, cuando lo ofendían, sacaba cuchillo y se enfrentaba al que fuera. A pesar de esto, cada día jugaba mejor. Entró a jugar en el “Atenas Futbol Club”, un equipo del barrio donde jugaban los mejores, tocaban tan hermoso y con tanta maestría, que los apodaron  “La Sinfónica”. Por esos días, quedaron campeones a nivel metropolitano. Entrenadores y  directivos de equipos profesionales vinieron a verlos jugar, el que más los deslumbró fue, por supuesto, Garrincha. Le dijeron que sí, que les interesaba y que podía comenzar a entrenar con las inferiores. Su sueño se estaba por fin volviendo realidad. Le cambió la vida, le brillaban los ojos cuando nos contaba del estadio, del equipo, de los jugadores profesionales en sus carros y con sus hembras, de los uniformes y de lo que iba a hacer con la plata que se iba a ganar. La gente comenzó a tratarlo con respeto y las muchachas, en los bailes, ya no lo rechazaban.
Se volvió muy disciplinado, dejó de fumar y de beber, madrugaba todos los días a trotar con el Zurdo, al Parque Norte. Eran la pareja más extraña que se pueda imaginar. Garrincha, negrito, de caminar y sonrisa torcida, con su  mirada de pajarraco asustado, y el Zurdo, atlético, de ojos claros y dentadura de modelo.
Una tarde soleada de enero,  recibimos la terrible noticia: Garrincha y el Zurdo habían sido atracados cuando subían al Volador. Los habían apuñaleado por quitarles los tenis que el equipo les había dado. El Zurdo murió, Garrincha quedó muy grave y tardó mucho en salir del hospital, pero nunca se recuperó por completo. No volvió a jugar jamás, se aficionó a las pepas y fue común verlo teniendo muros y torear los carros en la 47. Al principio le alcahueteábamos y le dábamos plata, le dejábamos beber de la botella que compartíamos los sábados, le regalábamos ropa o un plato de comida. Pero su creciente adicción al bazuco fue el límite.  Se ganó la mala cuando comenzó a robar y la peor cuando tiró por las escalas del atrio de la iglesia a la mamá de Manolito, por quitarle un monedero. 
Comenzó a atracar, pero con nosotros no se metía, finalmente, el combo del Chino, el malevo más respetado del barrio, se la sentenció y lo condenaron al destierro.
Me dicen que lo mató un primo suyo, de los que vivían por el Chispero; tuvieron una discusión en una plaza de vicio de Lovaina, donde habían mercado, después de  atracar a un taxista por los lados del Ventiadero. Al parecer no lograron ponerse de acuerdo sobre una papeleta de bazuco y su primo, ofendido, le cobró sólo 23 puñaladas.



lunes, 28 de noviembre de 2011

Retratos en Claroscuro

Siete Crónicas Urbanas
 Fredy Antonio Gil Pavas
Especialización en Literatura , Textos e Hipertextos
UPB

      Los imaginarios de mi cuidad


Pensar a Medellín es mucho más que pensar en sus edificios, sus calles, sus centros comerciales, sus espacios educativos, recreativos y culturales; es también pensar en eso, intangible, que identifica, une y polariza a sus habitantes; es detenerse a observar sus dinámicas sociales, la multiplicidad de formas de pensamiento  que confluyen y coexisten en ella. En tonos de claro oscuro, aparece  este gran collage, en el que  no son nítidos ni los colores ni las formas. Sin embargo, es aquí donde laboramos, amamos, aprendemos, jugamos, vivimos,  sobrevivimos y morimos.
La ciudad no se encuentra en las moles de cemento que configuran sus construcciones: ella es un ser vivo que respira, se alimenta, juega, aprende y olvida; acoge y rechaza, se enferma y sana, excreta y también muere. La ciudad está en el aire, en sus olores, en las aguas que la recorren, en los colores y los trazos  que la embellecen o  la ofenden; está en el miedo de sus alambradas, rejas y cámaras de vigilancia; está en los ojos de los huérfanos, en el contonearse de las putas y los travestis, en la oscuridad reflejada en los ojos  de los asesinos, en el color de las frutas en las plazas de mercado, en las fauces de los perros callejeros, en el caminar cansado de los viejos, en las risas de los niños y los gritos de gol en las calles, en la ostentación grotesca de los traquetos y en la turgencia de las tetas de silicona de sus mujeres, en las ensordecedoras  bocinas de los buses, en las músicas que nos aquietan o nos exaltan, en el hambre de sus indigentes, en la estúpida  terquedad de los vigilantes, en la paranoia e ineptitud de los empleados públicos, en el amor y la ternura de las abuelas, en una madre que cada mañana lleva a sus hijos a la escuela, en la conversación con los amigos alrededor de una taza de café o de unas cervezas, en la esperanza que aún, después de 20 años, alumbra los ojos de las mamás  de los desaparecidos, en el desplazado que mendiga en los semáforos, en el olor a marihuana y meados del centro, en las manos callosas de los obreros.
Si quieres conocer a Medellín, búscalo en su gente.