Sangre Maleva
Anoche me encontré por casualidad con Raúl, un amigo de adolescencia con el que solía jugar al futbol en el atrio de la iglesia del Calvario, el mismo con el que me iba de camping y recorrí los parajes más extraordinarios de Antioquia, aquel con el que cada puente armaba viaje ya fuera para la Pintada, Santa Fe de Antioquia, San Jerónimo, Cisneros o a las cavernas del Nus, y con el que me fui en auto-stop hasta Ecuador; recuerdo que en ese viaje nos pegaron tremenda encanada al poco tiempo de llegar a Riosucio, Caldas, porque los tombos se enamoraron de nuestras largas cabelleras y de ese andar tan libre que teníamos, a los 18 años, que nos hacía tan sospechosos en un país habituado al miedo.
Encontrarse con alguien tan ligado a uno y a quien no se ha visto en tanto tiempo, bien vale una cerveza; sin más, entramos a una tienda del barrio Boston para hablar de los muertos y los vivos, de lo habido y lo dejado de hacer. Fue allí donde llegaste a mi memoria después de haberte olvidado por más de veinte años: tu rostro vino a mi mente desde el baúl de los recuerdos, sólo se necesitó que en la gangosa grabadora, que sintonizaba en ese momento, una emisora de música popular sonara ese gastado tango que identifica a los que han escogido una vida como la tuya; recuerdo que la voz del locutor identificó el tema en la voz de Oscar Larroca acompañado por la orquesta de Alfredo de Angelis; la canción se titulaba: “Sangre maleva”. De inmediato, llegaron a mi mente, en formato de video, las imágenes de los desafíos de fútbol-calle que jugábamos los domingos con las barras de las calles Barranquilla y Venezuela, con los de la 47, o los de la plaza; claro, a mí siempre me dejaban el puesto del bobo, el de arquero al que se le culpa cuando el equipo pierde, pero que no se le reconoce cuando gracias a él se salva el resultado y el equipo gana; me tocaba jugar en esa poco apetecida posición ya que, al contrario de mi hermano, no sabía gambetear y mis remates no eran tan potentes; eso sí, tenía reflejos felinos y me arriesgaba a tapar los remates de los contrarios a costa de mellar el pavimento con mi piel. Lo mejor de esos vibrantes encuentros era, sin lugar a dudas, la celebración al final de cada partido: ya fuera que ganáramos, perdiéramos o empatáramos, hacíamos fiesta, demostrábamos espíritu deportivo bebiendo cajas de cerveza y, si estábamos de ánimo, terminábamos haciendo sancocho en la calle, comprando garrafa de aguardiente y armando baile. Tal vez no fueras muy buen jugador, pero hay que reconocer que eras muy guerrero y siempre brincabas por cualquiera de nosotros cuando el juego se calentaba, no le tenías miedo a nada ni a nadie; más de una vez, te vi enfrentarte con aquellos que te retaban y lo hacías ya fuera a los puños, a cuchillo, a machete y hasta a bala.
Desde “pelao”, tu vida estuvo signada por la violencia: a tu papá, lo habían matado en un ajuste de cuentas, creciste de arrimado en la casa de los abuelos donde no te querían, tu mamá se desaparecía por semanas, sin que nadie supiera a dónde había ido ni con quién; a Chucho, tu hermano mayor, lo abaleó la policía cuando intentaba un robo a una joyería del centro. Nunca quisiste estudiar porque lo tuyo era la calle: atracar en Lovaina y las Camelias, jalar carros, vaciar apartamentos o hacer vueltas y cruces raros por encargo. Fuiste uno de los primeros ilustres invitados a la inauguración de la cárcel Bella Vista, donde pasaste dos años por robo y lesiones personales; de allí, saliste más mañoso, y te dedicaste a “jibariar”.
Quién lo creyera pero tu influencia en el barrio era tal que te volviste un mecanismo de control social: tú y tu combo decretaron las normas de un sector del barrio, delimitaron en qué territorios se podía o no atracar, robar, tirar vicio o “jibariar”; tu sistema de comunicaciones incluía a varias matronas que te cantaban las zonas cuando alguien raro, con pinta de tira, policía encubierto, aparecía por tu territorio; además, pagabas "impuestos" , a la policía, para que te dejara “trabajar” y cuando alguien se iba de sapo o no pagaba una deuda, se atenía a las consecuencias que iban desde una pela, al destierro y hasta la muerte.
Alguien me contó que durante el velorio de Garrincha, habías comentado, en medio de la borrachera, que lo habías condenado al destierro para no tener, algún día, que matarlo tú mismo por faltón.
Después de apurar otra cerveza, le pregunté a mi amigo por vos. Me contestó lo que yo ya de alguna manera sabía: “Terminó como tenía que suceder algún día”, me dijo, como terminan los malos, como “Cruz Medina” o como “Pedrito Navaja.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario